martes, 20 de diciembre de 2011

Érase una vez... Parte 2

La niña caprichosa, indudablemente, no se dio por satisfecha con ello. Poco tiempo después, descubrió que a ciertas horas, en algunas de las paredes que se encontraban frente a las ventanas, se podían apreciar colores; un efecto parecido al arco iris, cuya duración era efímera.

- ¿Por qué siempre se acaba? - preguntó a una de sus criadas, cuyo verdadero trabajo era hacer de niñera.
- No lo sé, princesa. Lo siento mucho - respondió agachando la cabeza.
- ¡Fuera! -gritó la niña - ¡Despedida!
La sirvienta salió del pequeño palacio, aliviada en parte por no tener que volver a soportar a la niña. Ésta, volvió a hacer la misma pregunta a la criada que aún tenía a su servicio.
- Creo que es por el sol, princesa. Se mueve y por eso los colores se ven siempre a la misma hora. Algo parecido a lo que pasa con los relojes de sol. La sombra cambia de lugar porque el astro está en movimiento, o eso dicen.
- Vaya - dijo la niña sorprendida. - Entonces, si se queda quieto, los colores no se irán ¿verdad?
- Así es, alteza.

Y la pequeña, sin decir una palabra más, salió corriendo de su palacio. Llegó ante el rey  con las mejillas sonrosadas de la carrera, y le dijo:
- Papá, quiero que pares el sol.
- ¿Qué? Eso no puedo hacerlo mi niña, ¿para qué ibas a querer parar el sol? Si lo hiciera, no habría noche, ni luna, y nos costaría mucho dormirnos.

El monarca cogió en brazos a su hija, que le explicó el motivo de su petición, pero no quiso entender que era imposible de llevar a cabo. Nuevamente, el sonido de sus sollozos imparables, fue soportado en todo el castillo. Cuando el mayordomo y la sirvienta corroboraron los motivos del rey para negarse a la petición, la niña los despidió y siguió llorando.

Y lloró, lloró y lloró durante días. Llorando se encontraba en las escaleras de su palacio de cristal, cuando  de repente, una gran fuente apareció en el centro de la sala. Sorprendida, se acercó a mirarla. De la fuente empezó a emerger una figura; una mujer. El agua que la envolvía fue engullida por el manantial de las lágrimas. Andó sobre ellas, y se sentó en el borde de roca.

- Buenas noches, princesa. Me llaman la diosa de la fuente del llanto.Es hora de irse a la cama y ser una niña buena. - la pequeña, recordó lo que le había contado su niñera acerca de aquella diosa y aquella fuente. Intentó salir del palacio, pero la puerta estaba atrancada, tampoco consiguió abrir la puerta de la terraza, así que volvió a la entrada. Tras ese recorrido, la única respuesta que recibió la diosa a su sugerencia fue un  largo grito y una mirada de desprecio. La pequeña volvió a sentarse en las escaleras, y por supuesto, siguió llorando. Pronto el manantial sagrado se desbordó, derramando lágrimas en el suelo del palacio, inundándolo. La diosa intentaba convencer a la infanta para salvar la vida, pero ella no quería escucharla.
 -¡Vete!  ¡Fuera! - le gritaba sin parar.

"¿Me voy a morir? - pensaba la niña -. No, no voy a ahogarme. Soy una princesa; siempre consigo lo que quiero"

El primer piso se encontraba ya casi sumergido, la diosa, aún sentada en el borde de la fuente, observaba triste la pequeña silueta al final de la escalera, que le devolvía la mirada desafiante, aunque entre llantos, convencida de que su destino no era morir ahogada. Las lágrimas contenidas en la fuente eran tan densas, que la presión que ejercían empezó a resquebrajar el cristal de las paredes, poco a poco, cada vez más.El líquido, en lugar de escapar por las grietas, las rellenaba.  

La inundación comenzó a disminuir rápidamente. La fuente y la diosa habían desaparecido. La niña bajó las escaleras y se situó en el centro de la sala.   Tenía los ojos acuosos y el líquido le llegaba casi a las rodillas, pero seguía menguando. "He ganado - pensó-. Nadie da órdenes a una princesa. Ni siquiera una diosa". Miró a su alrededor; había grietas en todas partes. En el tiempo que duró esa mirada, el suelo se secó completamente. La pequeña no se equivocó al pensar que no iba a morir ahogada; casi siempre conseguía lo que quería. Levantó la cabeza para mirar hacia arriba, hacia las pequeñas grietas. Las lágrimas de la fuente del llanto que había dentro ellas se evaporaron, haciéndolas extenderse.  El precioso palacio se derrumbó provocando una lluvia de cristales que causó la muerte de la princesa. 

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