Pude quedarme, pero no lo hice.
Preferí sentir la brisa nocturna en mi pelo, andar descalza sobre el asfalto y
ver a los gatos callejeros, en vez de hablar de supersticiones. Pero lo que
sentí y lo que vi, no fue eso. ¿Quién
imaginaría que el lento movimiento del pomo de la puerta supondría un giro del
destino?
Tras salir y cerrar la puerta di
media vuelta, pero el mundo pareció girar más rápido que yo. Mientras me
sentaba en el suelo con las fuerzas abandonándome, las líneas se difuminaron,
los colores se fundieron, las luces se apagaron. Poco a poco pude distinguir lo
que veía... y me aterró. No había sido un simple mareo; estaba en una
habitación, una gran habitación negra que carecía de puerta. Pensé que tenía
que haber una salida, tal vez las paredes estuviesen empapeladas. Cuando mis
dedos rozaron la pared, se expandieron ondas similares a las que se provocan en
el agua. ¿La pared estaba hecha de agua?,
agua negra... Empecé a agobiarme
y a andar hacia atrás, hasta que de alguna manera caí de espaldas. No había
suelo, sino más de esa agua negra. Tuve una sensación extraña; ese líquido me
hacía sentir mal. Pensé que tenía que
ser un sueño, debía de serlo, porque si no lo fuese pronto me cansaría de nadar
y me ahogaría. ¿Iba a morir allí? ¿Habría algo tras aquellas paredes? No perdía
nada por intentarlo. Así que cogí aire y me dispuse a intentar atravesarlas.
Respiré hondo y me sumergí en el
agua. Mis ojos no podían ver nada en ese extraño líquido, por lo que no me
quedó más remedio que seguir mi instinto. Y nadé hacia delante, siempre en
línea recta. Varios segundos después me
di cuenta de que el agua era mucho más densa y me costaba atravesarla. Supuse
que estaba en una de las paredes, pero ya había llegado a mi límite, ya no
podía más. No conseguí atravesar la
pared completamente, sólo la mitad de mi cuerpo. Me quedé sin aire, pero una
mano tiró de mí mientras perdía la esperanza y casi la vida… O eso es lo que
creo que pasó. Me vino a la mente Erika, con sus supersticiones y “tonterías”. Sonreí,
ella no podía estar en este sitio, no era esta su mano. Estoy empezando
a pensar como ellas…
Cuando desperté estaba en una habitación exactamente igual
a la anterior, pero dudaba de que fuera la misma porque el suelo era sólido.
Aunque pensándolo bien, antes había cambiado de estado por arte de magia y se
había vuelto líquido. La impotencia desgarró mi alma materializándose en
llanto. Me cubrí el rostro con las manos mientras lloraba. Estaba
confundida. ¿Qué está pasando? No puede
ser… tiene que ser un sueño. Tiene que serlo pero… es tan real… No recuerdo
haberme dormido, ni siquiera estaba cansada. ¿Qué es lo que pasa? ¡Sé que no estoy soñando!
Oí pasos y dirigí la mirada hacia
donde creí haberlos oído. En la oscuridad de la habitación negra pude
distinguir la silueta de un gato negro que caminaba lentamente hacia mí,
mirándome a los ojos. No era un gato corriente; me miraba como si tuviese uso
de razón, como si tras su mirada estuviese contenida más sabiduría de la que cualquier humano
común pudiese tener jamás. Cada vez que posaba una de sus patas sobre el suelo
provocaba ondas a su alrededor.
De
repente un intenso pitido hizo que me dolieran los oídos. Grité y me los tapé
con las manos, mientras cerraba los ojos, perdiendo de vista al felino. El
ruido se fue, pero aún quedaba un zumbido sordo en mi cabeza. Busqué al animal
con la mirada y no lo encontré. Debía de
haber una salida, tenía que haber salido por alguna parte, debía de haber
alguna puerta… pero ¿dónde? Miré a mi alrededor tratando de encontrarla, aún
sin levantarme del suelo, y cuando volví a mirar al frente, ahí estaba de nuevo
el gato negro.