sábado, 25 de febrero de 2012

La metáfora de la puerta


Cualquier relación amorosa puede explicarse a través de la metáfora de la puerta, que consiste en lo siguiente:
X (la persona que utiliza la metáfora) se encuentra en una habitación. Al otro lado de la puerta, hay un pasillo, y la habitación de Y.

Ejemplos:
A X le gusta Y, pero Y no lo sabe: pues X se encuentra junto a la puerta de Y, pero Y está a su bola en la habitación. ¿X actúa? entonces habrá pegado en la puerta. ¿Y reacciona? entonces se acercará a la puerta... ¿pero dará el paso para estar con X? En caso afirmativo, Y abrirá la puerta o dejará que X la abra para entrar en su habitación. Pero si no lo hace, porque no está seguro, ambos se quedarán junto a la puerta,  separados por ella. Ni que decir tiene que si Y no está interesado en X, no se molestará en acercarse a la puerta.

Ahora pensemos que X cree que Y está interesado en él, y lo acepta. Y estará felizmente en su habitación, mientras que X, pensando que Y está al otro lado de su puerta la abrirá, y se encontrará el pasillo vacío.

¿Dónde estás tú?


Es una tontería, pero tiene su gracia oye xD
PD: Lolo, ya he escrito algo, que conste xDDDD el siguiente capítulo está en proceso :)


martes, 7 de febrero de 2012

Prólogo


Lo primero que sintió al recuperar la consciencia fue el sabor a sangre y tierra. Estaba tumbado boca abajo. Levantó la cabeza con esfuerzo, escupió y rodó sobre sí mismo como pudo para colocarse boca arriba. Sabía que no era capaz de levantarse; aún estaba mareado a causa del dolor. Poco a poco, empezó a ver con nitidez. Vio las estrellas. Había tantas, tan brillantes... alzó una mano al cielo, simulando tocarlas. Un acceso de tos lo hizo salir de su ensoñamiento. Fue tan fuerte que tuvo que colocarse de costado para no ahogarse con su propia sangre. Mientras tosía empezó a recordar. Le habían acuchillado y golpeado hasta el aburrimiento.

"Me han dado por muerto. Sigo vivo porque me han dado por muerto. Maldita sea, no puedo moverme joder."

Tenía miedo de que  allí no hubiera nada más que tierra árida, pero no demasiado lejos, se veía  mansión que tanto había visitado  en los últimos meses. No estaba en medio de ninguna parte y aunque no tenía árboles ni matorrales entre los que ocultarse, se encontraba al amparo de la oscuridad.

Todo había sido culpa suya. Si no hubiera metido las narices donde no le llamaban, ahora no estaría moribundo. Pero estaba vivo, todavía estaba vivo. Se preguntó si los demás habrían tenido suerte o estarían muertos. Se preguntó si sólo habrían perseguido a los que como él se habían rebelado, o habrían matado a todos sin distinción. No tenía manera de saberlo pero en el mejor de los casos, aquellos al margen de todo aquel lío seguirían sus vidas tranquilamente, sin saber nada. .. En el mejor de los casos.

El sudor frío causado por el dolor le recorría todo el cuerpo. Necesitaba un médico, notaba como se le escapaba la vida a través de la sangre poco a poco. Empezó a arrastrarse por el suelo en dirección a la mansión. Pensó que se le infectarían las heridas, pero no estaba seguro de poder aguantar vivo lo suficiente como para que eso ocurriera. No le respondían las piernas, no eran más que peso muerto. Tenía que llegar a la casa y llamar a una ambulancia. Tenía que dejar de pensar en el dolor. Se arrastró como un gusano hacia el edificio. Así era como se sentía, como un maldito gusano . No. Un gusano valía más que él en ese momento, un gusano no regresaba al hogar de su depredador para que éste le hincara el diente.

Después de una eternidad de dolor y desesperación, llegó hasta la puerta. Estaba abierta. Recordó el momento en el que la había cruzado corriendo intentando huir, no había llegado muy lejos, o eso pensaba antes de intentar volver en su estado. Eso ahora no importaba, ya estaba allí… en la maldita mansión redonda. Se dejó caer en la pared junto a la puerta cuando recordó que  para poder llamar por teléfono, tendría que subir las escaleras, y no podía, sabía que no podía.  Se maldijo a sí mismo, a aquel lugar, a todo lo que había vivido. Maldijo el instante en el que vio lo que debió ver, el momento en el que todo comenzó. Quiso maldecirlos a todos por su ignorancia… y entonces lo recordó a él; el chico de la 3,14. Nadie sabía que  compartía el secreto.  Tenía que avisarlo, no sabía ni su nombre pero tenía que avisarlo porque aunque ahora estuviera al margen, terminarían por darse cuenta. Siempre lo hacían. Aunque si no era capaz de subir a la primera planta para intentar sobrevivir, mucho menos lograría llegar a la tercera. Escuchó ruido de pasos en las salas contiguas. Sabía que no debía haber nadie allí aquella noche. No se puso nervioso, sabía que iba a morir, acabaría su sufrimiento.  Los pasos se acercaron. Era un muchacho de unos dieciséis años al que ni siquiera recordaba haber visto nunca,  y por la cara de espanto que puso al verle, supo que no estaba en el ajo.
-       
            -    Ambulancia – le dijo entre toses.
El chiquillo asintió con la cabeza y corrió escaleras arriba buscando  un teléfono. Todavía podía salvarse, aún había esperanza. Demasiado pronto, el adolescente bajó la escalera. 
-        -  Lo siento. El teléfono no funciona.  – le dijo apesadumbrado.
-         - ¿Cómo te llamas?
-          -Diego.
-          -Diego, necesito que me traigas papel y algo para escribir, y que esperes.

Diego hizo lo que le pidió, aún impresionado por el estado en el que se encontraba el herido. Éste empezó a escribir, sin ver, por las lágrimas contenidas. El destino había jugado con él haciéndole creer que tenía una última esperanza, pero ya no había escapatoria. Ahora sí que iba a morir, ahora sí que todo se acababa. Terminó rápidamente de escribir y pidió a Diego que escondiera bien aquel papel sin leerlo en la habitación 14, en la tercera planta.
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           - Y cuando lo hagas vete, vete de aquí y no vuelvas nunca… o acabarás como yo.
Se arrastró fuera de la mansión y se tumbó boca arriba. Estaba cubierto de sangre y tierra, la mitad de su cuerpo no le respondía y la otra mitad hubiera preferído  no poder sentirla. Al poco escuchó a Diego alejarse corriendo tras hacer lo que le había pedido.

Debía haber sido duro  verlo en ese estado, sobre todo siendo tan joven. Pero Diego no sabía que acababa de salvar su propio cuello, y lo mucho que le había servido de ayuda al encontrarse allí.  El chico de la 3,14 recibiría su mensaje, tarde o temprano. Cada vez sentía menos dolor, cada vez sentía menos su cuerpo.  Ahora sí que acababa todo. Decidió abandonar todos esos pensamientos y concentrarse en las estrellas. Había tantas, tan brillantes…