Permanecieron
unos instantes observándose, desafiante el recién llegado, perplejo Diego. El
camarero se acercó y el extraño pidió copas para los dos, mientras dirigía la
mirada nuevamente a Diego y sonreía. Había
algo tenebroso en aquella sonrisa. De golpe, el efecto del alcohol desapareció
en Diego, y volvió a recordar el pánico que lo perseguía desde aquella fatídica
noche años atrás, el miedo a ser capturado y asesinado. El camarero sirvió las
copas y Diego cogió una, aunque no bebió. Necesitaba tener algo en la mano,
algo que pusiera usar como arma o distracción si había que huir.
- -Rata
– dijo de repente el hombre - ¿te llaman Rata, no es así?
- - Así
es -contestó el muchacho, aliviado. Sólo era un cliente más. Por alguna razón,
justo en ese momento se dio cuenta de que a pesar del miedo a que lo
persiguieran, sus largas rastas y su ropa de militar no lo ayudaban a pasar
desapercibido. Aún sin probar la copa, la posó sobre la mesa– ¿En qué puedo
ayudarle amigo? ¿Cuál es su nombre?
- - Tengo
un trabajo para ti, pero también algunas preguntas. No puedo darte mi nombre. ¿Matas?
- - No
mato. Matar provoca mucho revuelo y es demasiado arriesgado. – Dijo mientras en
su mente un flash le hacía ver la cara ensangrentada de aquel hombre años
atrás.
- - Pero
robar, espiar, conseguir artículos ilegales o de forma ilícita si está entre
tus servicios ¿no es así?
- - ¿Es
usted policía? – preguntó Diego tras dar un trago.
- - No.
- - Entonces
sí – respondió con una amplia sonrisa
- - Es
verdad que no eres más que una simple rata callejera, Diego. - A pesar de su
borrachera, Diego se estremeció al escuchar su nombre. ¿Cómo podía saberlo esa
persona? Su semblante cambió
drásticamente tornándose serio. Cogió el
vaso y estrellándolo contra la mesa gritó:
- - ¿Quién
coño eres? ¿Qué quieres de mí?
El extraño individuo lo miraba a los ojos con una sonrisa
desafiante, sin decir palabra.
- - ¿Quién
te envía hijo de puta? Son ellos ¿verdad?
- - ¿Te
pones nervioso sólo porque sé tu nombre, Diego?
- - ¡Habla
de una vez cabronazo! – gritó el hombre de las rastas mientras golpeaba los
puños contra la mesa, dirigiendo todas las miradas del bar hacia él.
- - Que
vuelvas. Sabes bien adonde. Tenemos trabajo para ti.
Ya no
existía duda, lo habían encontrado. No había otra escapatoria que no fuera la
muerte. ¿Un trabajo para él? Ser uno de ellos, hacer que otra gente tuvieran
una vida tan o más miserable que la suya. Por primera vez en muchos años fue un
valiente, y prefirió morir antes que volver y hacer pasar a otros por lo que
ellos habían pasado.
- - Antes
muerto. Matadme. Vamos. Lo estoy esperando.
- - Deja
de ponerte gallito o voy a tener que matarte de verdad. Esto no es un juego y
menos para ti. ¿Quieres morir? ¿Por eso llevas años con esta vida miserable,
huyendo como una rata? Eres patético. No puedes negarte. No tienes opción. –Soltó
una carcajada de repente. - Una rata que quiere morir. Bien, pero no serás el
único. Nos veremos dentro de unos días, y espero tener una respuesta distinta.
Te lo puedes pensar hasta entonces. -
Sacó de la chaqueta una fotografía que puso boca abajo sobre la mesa junto con un billete y se fue.
Diego volvió
a mirar el reloj, y descubrió que aquellos cinco minutos fueron los más largos
que había vivido en su vida. Se dio por muerto, pero estaba en paz. Ya no tenía
que huir. De ninguna manera sería uno de ellos. No volvería, jamás. Arrastró la fotografía por la mesa y la
levantó. Al mirarla sintió una punzada en el pecho y con toda la rabia
acumulada y los ojos acuosos dijo:
-
- Hijo
de puta