Él era un muchacho simpático, dicharachero y risueño. Tenía la facultad de hacer que la gente riera y lo pasara bien, era el alma de la fiesta. Muchos no entendían como podía ser amigo de ella. A algunos les daba miedo, tan seria y enigmática. A menudo ocultaba parte de su pálida cara tras su oscuro cabello.
Ellos se respetaban y comprendían, sin exigencias.
Ella le envidiaba, quería ser como él; querido y admirado por todos, quería tener una sonrisa tan brillante como la suya. Y llegó el día en que entendió que para ser feliz tenía que alejarse de él. No porque ella tuviera menos valor, sino porque no era valorada, estaba eclipsada. Buscó un entorno favorable. Luna y Sol se despidieron, comprendiendo que era necesario aquel sacrificio. Luna se alejó tanto de Sol, que se encontró en un cielo oscuro. Nunca pensó que pudiera llegar a brillar tanto. Un amigo de Sol decidió ir a ver a Luna, y al encontrarla se quedó anonadado. Se dio cuenta de que también quería ser especial y se quedó cerca de ella, pero lo suficientemente lejos para que se apreciara su brillo. Así pasó una y otra vez, con todas las estrellas. Se hicieron amigas de Luna, que se sintió muy feliz por brillar tanto y tener tantas amigas. Sol se alegró de que Luna fuese aceptada por fin, y como era tan sociable, hizo nuevos amigos; las nubes.
A veces Luna y Sol deciden encontrarse, pues no olvidan su amistad y se añoran. Lo denominamos eclipse.