miércoles, 14 de diciembre de 2011

Érase una vez... Parte 1


Hace mucho mucho tiempo, en un lugar muy lejano, había una princesita que fue la más caprichosa, consentida y llorona que existió jamás.

El monarca consentía tanto a su hija, que despedía a cualquier persona que trabajaba en palacio si no era capaz de cumplir los deseos de la niña, porque no soportaba sus sollozos. Pero la princesa era tan caprichosa, que un día pidió al rey que le construyera un pequeño palacio sólo para ella. Su padre no tomó en serio su petición,  y le explicó que eso supondría una pérdida de dinero innecesaria para las arcas reales, dinero que se necesitaba para ayudar a las gentes del reino. Pero la princesa era tan llorona, que cansado ya de su llanto un día tras otro, mandó construir un pequeño palacio de cristal junto al suyo.

Se trabajó en el edificio día y noche para que pudiera terminarse lo antes posible, contentando así a la niña. La construcción concluyó pocas semanas después, a la hora de la cena, por lo que la princesa tuvo que esperar al día siguiente para conocer el resultado. Esa noche apenas pudo conciliar el sueño, y al amanecer se levantó y fue a despertar a su niñera para que la llevara a conocer su castillo.

Ni en el mejor de sus sueños podría haber imaginado un palacio tan hermoso, construído completamente de cristal. La pequeña se quedó boquiabierta, maravillada. Echó a correr, seguida por su niñera todavía adormilada, y entró en el edificio. Se llevó una gran decepción. En la primera planta había tres salas, pero todas estaban vacías; no había ni un sólo mueble.Subió por las preciosas escaleras y se animó un poco al ver que el segundo piso no se parecía en nada al primero. Arriba había una terracita, cuyo diseño era  exquisito, y una gran sala llena de juguetes en cuyo centro se encontraba una mesita sobre la que había un juego de tacitas de té y una pequeña tetera. Junto a la mesa una de las cuatro sillas estaba ocupada por un conejito de peluche. 

La princesa pasó unos días sin lloriqueos y exigencias, jugando a tomar el té con su niñera y su peluche. Pero sus caprichos no conocían límite ni fin. La niña quería tener servidumbre a sus órdenes en su castillo, pero el monarca por una vez no cedió, e intentó en vano hacerla entender que no era posible ese derroche. Ante la negativa. la princesa lloró, lloró y lloró. Cansada, su niñera intentó acallar sus sollozos contándole una fábula.

- Al final, vas a conseguir que venga la diosa de la fuente del llanto.
- ¿Por qué va a venir? ¿Quién es? ¿La ha llamado papá?- preguntó la pequeña, secándose las lágrimas con la manga.
- No, mi niña, tu papá no la conoce. A esa diosa sólo la conocen los niños. ¿Quieres saber por qué? - la princesa movió la cabeza asintiendo repetidamente y esperó a que su nodriza le relatara la historia-. Cuando un niño llora sin motivo real, sólo para conseguir lo que quiere, recibe la visita de la diosa de la fuente del llanto. Se llama así a la diosa porque junto a ella aparece su fuente mágica, que no contiene agua normal, sino lágrimas derramadas por niños. Si la diosa no consigue que el pequeño al que visita entre en razón y deje de llorar, por cada lágrima innecesaria fluyen de la fuente del llanto mil lágrimas, y pronto empiezan a derramarse. Si el niño no deja de llorar, termina ahogándose en los lamentos de otros.
- ¡Mentira, eso es mentira! ¡Seguro que es mentira!¡Se lo voy a decir a papá!- gritó la princesita, y echó a correr llorando. Ese mismo día el rey, además de despedir a la niñera, ordenó a uno de los mayordomos y a  dos criadas servir a la princesa en el pequeño palacio de cristal.


No hay comentarios:

Publicar un comentario