Hace mucho mucho
tiempo, en un lugar muy lejano, había una princesita que fue la más caprichosa,
consentida y llorona que existió jamás.
El monarca
consentía tanto a su hija, que despedía a cualquier persona que trabajaba en
palacio si no era capaz de cumplir los deseos de la niña, porque no soportaba
sus sollozos. Pero la princesa era tan caprichosa, que un día pidió al rey
que le construyera un pequeño palacio sólo para ella. Su padre no tomó en serio
su petición, y le explicó que eso supondría una pérdida de dinero
innecesaria para las arcas reales, dinero que se necesitaba para ayudar a las
gentes del reino. Pero la princesa era tan llorona, que cansado ya de su llanto
un día tras otro, mandó construir un pequeño palacio de cristal junto al suyo.
Se trabajó en el
edificio día y noche para que pudiera terminarse lo antes posible, contentando
así a la niña. La construcción concluyó pocas semanas después, a la hora de la
cena, por lo que la princesa tuvo que esperar al día siguiente para conocer el
resultado. Esa noche apenas pudo conciliar el sueño, y al amanecer se levantó y
fue a despertar a su niñera para que la llevara a conocer su castillo.
Ni en el mejor
de sus sueños podría haber imaginado un palacio tan
hermoso, construído completamente de cristal. La pequeña se quedó
boquiabierta, maravillada. Echó a correr, seguida por su niñera todavía
adormilada, y entró en el edificio. Se llevó una gran decepción. En la primera
planta había tres salas, pero todas estaban vacías; no había ni un sólo
mueble.Subió por las preciosas escaleras y se animó un poco al ver que el
segundo piso no se parecía en nada al primero. Arriba había una terracita, cuyo
diseño era exquisito, y una gran sala llena de juguetes en cuyo centro se
encontraba una mesita sobre la que había un juego de tacitas de té y
una pequeña tetera. Junto a la mesa una de las cuatro sillas estaba ocupada por
un conejito de peluche.
La princesa pasó
unos días sin lloriqueos y exigencias, jugando a tomar el té con su niñera y su
peluche. Pero sus caprichos no conocían límite ni fin. La niña quería tener
servidumbre a sus órdenes en su castillo, pero el monarca por una vez no cedió,
e intentó en vano hacerla entender que no era posible ese derroche. Ante la
negativa. la princesa lloró, lloró y lloró. Cansada, su niñera intentó
acallar sus sollozos contándole una fábula.
- Al final, vas
a conseguir que venga la diosa de la fuente del llanto.
- ¿Por qué va a
venir? ¿Quién es? ¿La ha llamado papá?- preguntó la pequeña, secándose las
lágrimas con la manga.
- No, mi niña,
tu papá no la conoce. A esa diosa sólo la conocen los niños. ¿Quieres saber por
qué? - la princesa movió la cabeza asintiendo repetidamente y esperó a que su
nodriza le relatara la historia-. Cuando un niño llora sin motivo real, sólo
para conseguir lo que quiere, recibe la visita de la diosa de la fuente del
llanto. Se llama así a la diosa porque junto a ella aparece su fuente mágica,
que no contiene agua normal, sino lágrimas derramadas por niños. Si la diosa no
consigue que el pequeño al que visita entre en razón y deje de llorar, por cada
lágrima innecesaria fluyen de la fuente del llanto mil lágrimas, y pronto empiezan
a derramarse. Si el niño no deja de llorar, termina ahogándose en los lamentos
de otros.
- ¡Mentira, eso
es mentira! ¡Seguro que es mentira!¡Se lo voy a decir a papá!- gritó la
princesita, y echó a correr llorando. Ese mismo día el rey, además de despedir
a la niñera, ordenó a uno de los mayordomos y a dos criadas servir a la
princesa en el pequeño palacio de cristal.
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