Años más tarde, como una más de tantas noches, Diego estaba perdido entre copas en un tugurio
cualquiera. En la barra el camarero atendía tranquilamente las peticiones de sus
pocos clientes, hombres de mediana edad cuya única cosa en común con Diego era
el alcohol. Él se había preocupado de buscar una mesa desde la cual pudiera
tener vigilada la puerta, como siempre. Intentaba no encontrarse nunca de
espaldas a ellas, su paranoia no se lo permitía; necesitaba estar alerta. Miró
a su izquierda para ver el reloj situado tras la barra mientras soltaba sobre
la mesa su vaso vacío, otro más. Por un instante le pareció que las manecillas
del reloj se paraban. Le sacó de su ensoñamiento la llegada de un nuevo cliente
que desde luego, no era como los demás. Para empezar vestía traje de chaqueta,
no era el tipo de persona que solía frecuentar este tipo de antro. En su oscura
vestimenta el único toque de color se encontraba en su camisa roja. Sin embargo,
exceptuando el atuendo, parecía un hombre bastante común. Diego lo siguió con
la mirada analizándolo, nada en él destacaba, no advirtió nada fuera de lo
normal mientras caminaba por el local… hasta que se sentó frente a él.
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